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domingo, 4 de enero de 2015

La identidad como construcción democrática (publicado en Diario Público 4/1/2015)





El bloque independentista cosechó 1,8 mill de votos el 11-N en Cataluña. Cuatro años de intensas campañas oficiales con financiación masiva en un contexto político altamente favorable no han dado para más. La cifra le ha creado un problema en el campo democrático, aquel en el que había venido jugando con éxito hasta ahora: el de dirigirse directamente al pueblo. Hoy tiene dos salidas: esperar una coyuntura general (aún) más favorable, o filtrar la voluntad popular con mecanismos institucionales para declarar unilateralmente la independencia. Lo primero puede darse, aunque es difícil. Lo segundo erosionaría  gravemente su estrategia democrática. Conclusión: el independentismo se ha incrustado en un callejón sin salida que se hará más oscuro si los apoyos a la independencia siguen menguando. Ha llegado el momento de diseñar una salida democrática al problema nacional en todo el Estado.  

Los espacios políticos con capacidad de hacerlo ya han formulado piezas importantes: “dejar que decida directamente la ciudadanía”, reconocimiento del carácter multinacional de España (lo del “Estado español” es una invención de la gauche divine catalana que ahora se ha ido a Esquerra), aceptación de las consecuencias políticas de la diversidad etc. Pero en su discurso falta siempre una pieza sin la cual la cosa no se acabará solucionando nunca. Es la pieza de la identidad. 

Las identidades colectivas son engranajes esenciales en cualquier construcción política y no sólo en la del nacionalismo de uno u otro signo. O bien nacen de forma espontánea en la socialización familiar y comunitaria, o bien se construyen de forma planificada en las escuelas y los medios públicos de comunicación. En ningún caso son exteriorizaciones de un “alma” sembrada bajo un árbol sagrado en la Edad Media. Esta idea ha seducido a muchos conservadores, pero también a cristianos progresistas que apoyan el independentismo desde los años 1970. No, las identidades no son la “esencia de los pueblos” sino un sentimiento que va esculpiéndose y modificándose todos los días bien en un sentido, bien en otro. Si España es un país de países lo es porque el Estado, autocrático primero y autonómico después, no ha sido capaz de construirla, porque no ha querido hacerlo. La identidad de la “España Única” heredera del franquismo se mantuvo a partir de 1978 dearmando a las izquierdas estatales en el flanco identitario y alimentando los llamados nacionalismos periféricos. El resultado es el choque de trenes engrasado por el neoliberalismo que enfrenta a muerte a unos territorios y otros en toda Europa. La dinámica independentista se hace incomprensible si no se tienen en cuenta ambas cosas: la uniformización identitaria a ambos lados del Ebro y el neoliberalismo para el que esta resulta altamente funcional. 

Para darle una salida al problema nacional en todo el Estado no es suficiente reconocer esa diversidad -otra vez- como si fuera un algo congelado para siempre en un pasado remoto. Pasa por un proyecto político para construir una identidad compartida en todo el Estado. Tiene que se algo más que una adición mecánica de identidades ya existentes: tiene que ser algo nuevo. No se trata de liquidar las existentes sino de convertirlas en piezas de un algo que las amplía a partir de la contaminación de las unas con las otras. Lo que separa un proyecto confederal necompetitivo de un proyecto federal, democrático y solidario es que aquel se conforma con la suma suelta de territorios identitariamente excluyentes en espera de poder declarar la independencia  mientras que el proyecto federal intenta generar algo nuevo a partir de la diversidad sin liquidarla, algo que le de sentido a la solidaridad entre territorios, culturas y nacionalidades. Ese “algo nuevo” tiene que ser necesariamente multilingue, solidario y mestizo. Desde luego es incompatible con la España Unica que liquidó las grandes heterodoxias de nuestra cultura común, algo que no supieron ver a tiempo los demócratas de 1978 hasta que fue demasiado tarde ya tras el desplome inmobiliario. Es la única fórmula capaz de abrir una vía democrática y estable al problema nacional en España. Pero no sólo. Sería un formato para toda Europa donde el confederalismo neoliberal impide que la diversidad cultural del Continente se funda con un proyecto solidario común que le de una salida democrática a la crisis.    



  

   


    



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