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domingo, 30 de diciembre de 2012

Metafísica roja o rojo sin metafísica




(publicado en El Viejo Topo nº 238, 2007) 

En un acto de conmemoración de los treinta años de existencia del Viejo Topo celebrado recientemente en Madrid, alguien dijo, con acierto, que la recuperación de la izquierda en España pasaba por la renovación de su lenguaje, por cambiar las formas de expresar y de argumentar su mensaje. La comunicación es efectivamente una cuestión de formas. El lenguaje –el escrito y el hablado- es un intento de hacer visible, de exteriorizar algo, una idea, un significado, en este caso un proyecto político, una forma alternativa de vivir y de pensar. Pero todas las formas guardan una relación umbilical con los contenidos de forma que, en rigor, no puede haber un problema de formas sin un problema de contenidos. Si la izquierda anda dando tumbos en España (o el “Estado español”, por utilizar una acepción un poco tonta) es por razones que van necesariamente más allá de los lenguajes y de las formas. ¿Cuáles pueden ser esos contenidos que tal vez fallen en la izquierda?

Cuando se hace socialmente minoritaria, cuando pierde el contacto con el tejido vivo de la sociedad que quiere transformar, la izquierda empieza a acumular un desarreglo intelectual de fondo. Este  desarreglo es lo que podríamos llamar una forma deductiva de pensar, de interpretar y naturalmente también de acceder a la transformación de la sociedad. Cuando hablo de cultura deductiva me refiero a la tendencia a buscar la comprensión de las cosas empírico-reales a partir de conceptos y no al revés. En el momento en el que se cae en este esquema, las sociedades concretas (la catalana, la española en general o incluso la europea) se acaban intuyendo como manifestaciones, como casos particulares de un algo general definido previamente pero que no acaba de estar realmente en ninguna parte excepto en el discurso intelectual, en el dominio de la lógica.  Este discurso tiende a caer inevitablemente en el formalismo, en la enumeración apriorística de conceptos que sólo después se intentan llenar de contenidos y significados empíricos. Ejemplos de este tipo de generalidades son el “capitalismo”, la “globalización neoliberal”,  “Euskadi”, “España” o también “Europa”. En todos los casos se trata de constructos sin casos, clases, sociedades o países particulares.

El problema político que aparece aquí emana de que la transformación de la sociedad opera en el plano de lo concreto, lo cual se contradice con la escasa operatividad práctica de las creaciones intelectuales que intentan subsistir al margen de la historia. Sirven, tal vez para interpretarla, pero desde luego no son suficientes para transformarla. Si la realidad de un país concreto de la Unión Europea o la de un capitalismo concreto como el español es histórica, su transformación sólo se puede mover en el mismo plano de la historia. El acceso español a la modernidad fordista en los años sesenta o la experiencia irrepetible de una Guerra Civil, por ejemplo, marcaron trayectorias históricas específicas. Sus consecuencias y no una “modernidad capitalista en general” son el material con el que tiene que operar cualquiera que se proponga tener algún éxito hoy en la transformación de la sociedad española.

Es verdad: las abstracciones son imprescindibles para orientarse en medio de los fenómenos globales, para brujulear en la realidad que se pretende transformar y para no perder el norte del propio proyecto político. Sólo si se diagnostica lo esencial y perdurable del capitalismo podemos explicar, por ejemplo, por qué es la propia estructura del crecimiento capitalista lo que crea destrucción e insolidaridad y no el egoísmo fatal de sus protagonistas o una mala política. El problema no son las abstracciones sino el uso que se hace de ellas, especialmente cuando se ignoran sus límites. Las abstracciones no son ficciones y el capitalismo en general es tan real como la propia globalización neoliberal. La cuestión es que eso que llamamos aquí “real” es un resumen, una agregación, una síntesis de todos los casos –capitalismos, sociedades, experiencas- particulares y no fenómenos lo  suficientemente concretos como para que se pueda operar políticamente sobre ellos. Las clases sociales concretas, los países y capitalismos particulares de Europa no quedan nunca explicados con el suficiente acierto como para hacerlos susceptibles de transformación si se recurre sólo a los conceptos sintético-agregados. Los conceptos también son herramientas de transformación, pero son demasiado gruesas y eso las hace insuficientes. El capitalismo en general –la Unión Europea en general, las clases explotadas en general- existen, pero “existen” sólo como medias, como agregaciones de cosas individuales que puede llegar a ser completamente distintas entre sí aún cuando formen parte de una misma realidad capitalista. La media que da la suma del tres y el cinco es el cuatro  pero la transformación del cuatro sólo se consigue por la vía indirecta, si previamente han sido transformados el tres y el cinco pues las medias no existen como material empírico. Y para la transformación de los casos particulares hacen falta herramientas mucho más finas y precisas, mucho más pegadas al terreno. 

La trascendencia política de esta reflexión queda, así creo, bien ilustrada con el siguiente ejemplo. El capitalismo global es un sistema competitivo, una “media” que se va configurando a partir de un desarrollo constante de desigualdades entre todos sus miembros. Estas desigualdades crean situaciones sociales distintas en los países y las clases sociales particulares que lo configuran. Al tratarse de un sistema esencialmente competitivo dichas situaciones no tienden a uniformarse sino más bien a diferenciarse. Si tenemos en cuenta que muchos de los factores de desarrollo no se pueden multiplicar indefinidamente, es comprensible que aparezcan continuamente desigualdades entre países y clases sociales: un país crea puestos de trabajo y revalúa su moneda a costa de otro, una sociedad gana bienestar a costa de otras, unas clases acceden a más recursos a costa de reducir dicho acceso a otras etc.. Esta situación hace imposible el surgimiento espontáneo de sujetos opuestos al capitalismo aún cuando todos sufran las consecuencias de las mismas leyes económicas, aún cuando todos sean víctimas del neoliberalismo. Esto explica que, a pesar de que muchos sufran las mismas consecuencias, esto produzca un agrupamiento espontáneo, una oposición de todas sus víctimas. Todo sufren, pero en un contexto competitivo cada uno lo hace desde situaciones históricas y espaciales distintas: los unos mitigan su sufrimiento cuando los otros lo ahondan por mucho que todas estas situaciones formen parte del capitalismo en general, por mucho que todas sean víctimas de los mismos fenómenos. Esto -y no sólo los aspectos ideológicos, que también-  ha hecho de la solidaridad entre las víctimas una situación menos frecuente que la competencia. Aunque esto no sólo se refiere a las víctimas pues la lógica competitiva también debilita a las clases dominantes. La mayoría de las revoluciones triunfantes nacieron de rivalidades intercapitalistas, es decir de los diferentes accesos nacionales al mismo “capitalismo en general” y de las fracturas producidas por estas rivalidades. Por tanto es natural que no suceda lo que algunos izquierdistas teorizan que debería  -conceptualmente- suceder: las víctimas no se acercan espontáneamente entre sí en un único y universal frente anticapitalista por mucho que la explotación del ser humano, de la naturaleza, de la cultura y de un género por parte de otro sea un fenómeno universal, por muy cerca que estemos del colapso ambiental y humanitario. La noción de “multitud” de Hardt y Negri[1], la del “proletariado mundial” de los tiempos de Mandel[2], pero también el discurso igualmente vago y general de los “oprimidos del mundo” que hoy se oye por ahí, forman parte de esta misma familia amable de categorías inoperantes de naturaleza deductiva. Todas ellas presuponen que el “capitalismo global” existe como un hecho real y no como un hecho derivado, como una agregación construida integrada por actores que compiten entre sí y que están situados en zonas muy distintas del mismo capitalismo. De este malentendido concluyen que tiene que haber necesariamente también un sujeto global maduro y operativo, aún cuando dicho sujeto no aparezca por ninguna parte.

Esto no quiere decir que no sea posible el acercamiento entre distintos, que sea imposible generar una dinámica internacional de aglutinamiento de fuerzas para quebrar o, al menos, para domesticar la lógica capitalista-competitiva. La historia también nos demuestra que sí es posible, aún cuando se trate de acontecimientos más bien excepcionales. Pero sucede no por el efecto automático de una determinada ley económico-política, sino cuando aparece en escena un nuevo factor: el factor “política”. Sólo la política, que incluye muchas y variados aspectos que van desde lo ideológico, lo emocional, lo racional y lo organizativo puede producir aglutinantes, un acercamiento político entre las víctimas, pero nunca la lógica capitalista en sí misma por muy destructiva que esta pueda llegar a ser. Y aquí volvemos al principio: lo político se fragua en contextos, experiencias, territorios concretos y diferenciados y por la acción de sujetos socializados en espacios culturalmente únicos y distintos entre sí. En un determinado momento, estos sujetos consiguen construir espacios comunes a pesar de sus diferencias, a pesar  de vivir en zonas alejadas, lo cual requiere de una gran inventiva, un gran esfuerzo también organizativo. Pero sobre todo requiere de una sensibilidad para el detalle, una forma deductiva de pensar para captar las realidades particulares que se pretenden transformar y no su eliminación a favor de un algo abstracto y general. El movimiento alterglobalizador tuvo su éxito precisamente porque supo combinar lo local y lo global.

En mi opinión, la dificultad que surge a la hora de construir identidades políticas comunes incluso en momentos de crisis sociales agudas, se debe en buena medida a la falta de sensibilidad por lo particular, una falta que luego degenera en formalismos verbales y conduce a un irremediable aislamiento de la izquierda. Por tanto es la acción política, y no el “sistema” o el carácter finito de los recursos naturales o el precio del petróleo, lo único que puede contrarrestar los efectos centrífugos que produce el capitalismo. Cuando los clásicos del movimiento obrero decían “proletarios de todos los países: uníos” estaban apelando a la política y no a un automatismo provocado por la agudización de las contradicciones objetivas, al desarrollo de la tecnología o la integración comercial del mundo sin más, aún cuando el Manifiesto Comunista también pueda ser interpretado efectivamente de esta forma. 

Por tanto es verdad que la generalidad que aporta el concepto también es necesaria, pero sólo como apoyatura gruesa para contextualizar los casos individuales reales, empíricos. Es en el plano concreto de las clases, de los países y de las sociedades particulares donde se reproducen las contradicciones reales, donde el capital (o mejor: los capitales) despliega(n) su dinámica polarizadota, donde surgen y se destruyen a los posibles sujetos colectivos con capacidad de impugnarlo. Sólo en este plano se van conformando sus víctimas y, en consecuencia, los posibles impugnadores del orden existente. La política es un trabajo de exploración artesanal de todos los microclimas o subsistemas susceptibles de ser hilvanados y unidos entre sí gracias a un determinado mensaje político aglutinador. Ese mensaje aglutinador no se puede ni improvisar ni construir a partir de un ideal abstracto, que es casi una nada en términos políticos. Sólo se puede reconstruir a partir del material que la historia de los pueblos ha ido dejando en el camino, de todo aquello que les toca directamente por las razones –a veces bastante arbitrarias- que sean, de los nudos emocionales, de sus victorias, de sus representaciones y referencias morales.

No se puede decir que Marx fuera un pensador inductivo, que atajara sin explorar la particularidad de los hechos históricos, económicos, sociales, políticos etc. Así, por ejemplo, siempre habló de “el capital” y de las “relaciones capitalistas” dándole un  valor no inductivo sino deductivo a sus trabajo con lo cual siempre dejó la puerta abierta a la posibilidad de que las relaciones capitalistas coexistieran con muchas otras formas no capitalistas conformando un orden más complejo y diferenciado al que se esconde detrás del término excesivamente sintético y compacto de “capitalismo”. El cambio de su punto de vista sobre la posibilidad de un cambio político radical en la Rusia de las comunidades campesinas lo demuestra bien a las claras. El concepto de “capitalismo” sugiere un orden monolítico completamente penetrado por unas formas únicas de producción y de reproducción poco diferenciables de país a país que se transformaría, de la noche a la mañana, en un orden “superior”. Esta cuestión ha dividido a la izquierda desde entonces: dividió a los marxistas rusos entre bolcheviques y mencheviques y separó también durante muchos años a la izquierda testimonial de la izquierda con capacidad de generar hegemonías sociales. Los bolcheviques insistían en que había que partir de la Rusia real en la que se daban relaciones capitalistas genuinas y diferenciadas mezcladas con otras de tipo cooperativo que podrían convertirse en el germen de un nuevo orden social (los soviets.) Los mencheviques insistían en que Rusia era un caso más de capitalismo-en-general, con lo cual la estrategia política tenía que ser casi idéntica a la seguida por otros partidos obreros como la socialdemocracia alemana: había que dejar que el capitalismo siguiera madurando hasta que un nuevo orden llamara a la puerta. Karl Polanyi ha demostrado que el capitalismo puro no ha existido empíricamente nunca, ni tan siquiera en los países con sociedades más capitalizadas como la inglesa del siglo XIX[3]. Dicho capitalismo puro ni siquiera existe hoy en las sociedades contemporáneas más empapadas del orden neoliberal en el que la familia, las asociaciones voluntarias o las relaciones de amistad marcan formas de convivencia paralelas y alternativas. Todas ellas coexisten y están entrelazadas con aquellas y sin ellas ni tal siquiera el propio capitalismo podría llegar a funcionar. El truco es que muchas de ellas son el único punto de partida firme para cualquier impugnación seria, es decir, no sólo verbal del sistema. En Rusia lo fueron las ancestrales relaciones cooperativas que dieron nacimiento a lo soviets, en los Estados Unidos pueden ser las redes de vecindario y proximidad, en la Andalucía roja la cultura comunitarista conformada como reacción a los feroces procesos de concentración de tierras durante y después  la Reconquista etc. Es verdad: el acceso histórico e inductivo a las realidades sociales lo complica todo, obliga a cada sociedad a definir sus propias especificidades al tiempo que desacredita los atajos de la retórica roja. Pero es el único camino. 

En el centro de muchas de las disquisiciones inductivas está muchas veces la tendencia a hacer lecturas exclusivamente lógicas de la obra de Marx o mejor, a reducir su legado al Primer Tomo del “Capital”. Pero el “Capital” de Marx está estructurado de una forma que no siempre se adapta a las necesidades de la lucha política. Las categorías relevantes para entender los comportamientos reales de los actores, es decir para entender el transcurso empírico y desigual del capitalismo, no se encuentran siempre en el primer tomo sino más bien en el segundo y el tercero donde su autor analiza la competencia y la entonces incipiente autonomización de las finanzas con respecto a la economía real. No es la tasa de plusvalía desarrollada en el Primer Tomo, por ejemplo, lo que regula las decisiones empíricas de los capitalistas individuales, sino la tasa de beneficios que viene regulada por los precios generados en la esfera del mercado. No es la esfera de la producción de la que se ocupa el “Capital” en su versión completa, sino la esfera de la reproducción general -que incluye tanto producción como circulación -y que Marx empezó a desarrollar en el tercer tomo-, la que ofrece un esbozo de explicación de los comportamientos de ciertas clases sociales reales. Derivar el movimiento político directamente de las categorías del Primer Tomo es no salir de un plano explicativo que puede resultar completamente inoperante en lo político. Además refuerza los argumentos de los críticos del marxismo pues es obvio que no es posible cambiar el mundo con tan solo meterse el primer tomo bajo el brazo.

En el limpio espacio de la lógica, también los países tienden a convertirse en entes agregados y el nacionalismo es un buen ejemplo de cómo se puede interpretar una sociedad compleja compactándola, uniformizándola metafísicamente. La realidad no es así. De la misma forma que el capital es una agregación de capitales individuales los países también son agregaciones de clases y sectores sociales muy distintos entre sí. Eso relativiza la acción de los países como sujetos en la esfera internacional. Los países sólo son efectivamente compactos en el momento en el que actúan como actores institucionales, es decir, como estados, como administraciones, como gobiernos cuyas acciones afectan simultáneamente a todos los ciudadanos de un determinado territorio. Pero esta visión institucionalista de los países y de las sociedades, que de alguna forma está implícita en la lectura nacionalista de la realidad (“somos una nación aunque sin instituciones propias, sin Estado”) se basa en la teoría institucionalista de las relaciones internacionales que es la que domina hoy en el establishment politológico. Si se reducen los estados a sus instituciones, esta teoría es perfectamente aceptable y comprensible. Pero si los países se entieden como agregaciones o “medias” de cosas completamente distintas entre sí, es decir, de clases e intereses diferentes y en lucha, el enfoque institucionalista se queda extremadamente corto. Los Estados, como sostiene la teoría neogramsciana de las relaciones internacionales, no son unidades compactas que interactuan entre sí en el plano internacional, sino constelaciones hegemónicas dominadas por ciertas clases y ciertos intereses sociales que no son, desde luego, los de toda la nación. Esto significa que, en rigor, los países no sean los verdaderos sujetos del cambio internacional sino los grupos dominantes dentro de ellos, las coaliciones de intereses y clases transnacionales afines (por ejemplo los intereses de los capitales financieros a ambos lados del Atlántico) que muchas veces actúan en contra de sectores importantes de sus propios países. Los verdaderos actores, las “fuerzas que hacen la historia” (R. Cox) son esos grupos con esos intereses así como su capacidad de apropiarse de los aparatos del Estado en su propio beneficio, pero no esas curiosas síntesis llamadas “países” o  “naciones” [4].

Por tanto el enfoque inductivo le abre a la política un campo inmenso al tiempo que se lo reduce al académicismo, al rojismo conceptual y a la metafísica de izquierdas. Cuando el capitalismo y su movimiento aparecen como una cosa teórico-monolítica situada fuera de la historia real, no hay razones para buscar alianzas tácticas y estratégicas, en rigor no hay posibilidad ninguna de hacer política pues los sujetos de la política se han transformado en seres contruidos intelectualmente sin fuerza práctica ninguna. Las alianzas entre gobiernos, grupos y clases destinadas a arrinconar al neoliberalismo, se presentan como capitulaciones y revisionismos del concepto primigenio que nos alejan de la meta final. En realidad es el fin de la política, su reducción a la actividad de sectas, de clubs de debate y de departamentos universitarios. Esto no excluye que algunos de sus ideólogos no puedan llegar a ser brillantes analistas, creadores de gruesas herramientas y  de impactantes agregados conceptuales. Pero nada de esto les salva de ser minúsculos políticos –Mandel tal vez sea el mejor ejemplo de esta discrepancia entre un gran talento teórico y un escaso talento político-. Al final se convierten en certificadores de pureza teórica de esta o de aquella política, evaluadores de la capacidad de la vida real (“las masas”, “los ciudadanos”) de adaptarse a conceptos tales como “capital”, “lucha de clases”, “clase obrera” o “emancipación”. La retórica radical acaba, por tanto, en infantilismo y, naturalmente, en un alejamiento de los intereses, de los anhelos y de las inquietudes de las mayorías explotadas y sufrientes que existen en la realidad. Al final, los protagonistas de la historia acabamos siendo los gloriosos y aburridos profesores de izquierdas. Son ellos (nosotros) los que modelamos y polemizamos sugiriendo un hacer y un deshacer que no es más que un hacer y un deshacer simbólico y mental. Pura impotencia.

En fin, que el capitalismo nunca podrá ser transformado en el plano de la agregación conceptual sino en el de las magnitudes reales . Estas magnitudes cambian continuamente, con cada crisis industrial y financiera, con los cambios en la composición técnica y sectorial del capital, con las transformaciones culturales y familiares, con la evolución de los recursos naturales en relación a su uso. Son las clases, el paisaje humano cotidiano de los diferentes (micro)escenarios geográficos y temporales. Si queremos sumar fuerzas opuestas al neoliberalismo hay que conocerlos con un máximo nivel de detalle, explorar sus necesidades, incertidumbres y sufrimientos sin bloquearse con un sinfín de aprioris que recuerdan cada vez más a un Kant reinventado en el siglo XIX. La convergencia de fuerzas antineoliberales no se va a producir nunca automáticamente como consecuencia del propio “neoliberalismo”, del “capitalismo” o del “colapso ambiental” sino que hay que construirla políticamente en un complicado y paciente juego de hegemonías. Lo político, que incluye lo cultural, lo racional y también lo emocional-identitario, desempeña aquí un papel genuino que en ningún caso se deriva automáticamente de la contradicción entre capital y trabajo, de la evolución de la tasa de beneficios, del agotamiento de los recursos energéticos o del aumento del precio de la vivienda. No hacemos absolutamente nada si nos quedamos en el análisis de dicha generalidad sin ver de qué forma esta influye sobre los casos, los individuos y las clases particulares en los que se manifiestan las contradicciones de forma sumamente diferencia. Los problemas con el lenguaje de la izquierda van por ahí y seguramente también su aislamiento. Para refundarla no sólo hay que cambiar dicho lenguaje, sino también desarrollar una  sensibilidad mucho más alimentada por las capilaridades de la gente real que se levanta y se acuesta todos los días, normalmente después de una jornada de tráfico y de trabajo agotadores. Tal vez no guste como comen y beben los de abajo atrapados por el consumismo, tal vez no  guste el chandal que llevan los fines de semana, pero ponerse del lado de los perdedores no es sólo un proyecto estético e intelectual. Esto sí que deberíamos tenerlo todos claro.

Madrid, primavera de 2007



[1] Ver su “Imperio” publicado en Paidós, Barcelona 2002
[2] Ver también los forzados argumentos políticos de Mandel derivados directamente de su ya de por sí forzada teoría de las “Ondas largas del desarrollo capitalista” (Siglo XXI, Madrid 1986).
[3] K.Polanyi: La gran transformación. Los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo. FCE, México 1992
[4] La teoría neogramsciana de las relaciones internacionales resalta continuamente este aspecto. Para un introducción ver Cox, R. W.: Production, Power and Wold Order. Social Forces in the Making of the History. Columbia Univesity Press, Nueva York 1987.   

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