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martes, 23 de octubre de 2012

Identidad, sentimientos y acción política


Las dinámicas políticas no se sustentan sólo en la acción racional de los individuos y de los grupos sociales que buscan satisfacer sus necesidades materiales. Este esquema se basa en el argumento, de que la posición objetiva de un grupo social en la estructura socioeconómica genera de forma lineal y predecible unos determinados comportamientos políticos. Se trata de un lectura extremadamente vulgar del materialismo condenada a la impotencia y a desprestigiar a los que la defienden.


Aunque el reduccionismo no abunda sólo en el lado de la izquierda. También la politología liberal reduce la acción de las personas a sus comportamientos racionales. En este caso estos se describen como el resultado de una comparación casi matemática entre costes y beneficios siguiendo un criterio utilitarista. Se supone que costes y beneficios son siempre cuantificables en unidades monetarias y que los actores disponen de una información potencialmente perfecta para elegir racionalmente la mejor de las opciones.  Es una lectura aun más vulgar y limitada de la acción política. Es grotescamente individualista y se muestra impotente para explicar el  "conjunto" con un mínimo de coherencia, lo cual no quita para que muchos análisis políticos, por ejemplo electorales, se apoyen en ella. Ni una ni otra proporcionan recursos suficientes para hacer política, aunque puedan servir para describir o analizar  fenómenos parciales de la realidad. 
Las dinámicas políticas, además de basarse en aspectos materiales se sustentan en (1) diferentes formas de interpretar los mismos fenómenos en función de normas y valores (2) en preferencias personales, en procesos de identificación de tipo afectivo-emocional. 
Lo primero (1) es todo aquello que tiene que ver con lo que es considerado bueno o malo, deseable o rechazable en función del punto de vista ético y moral que se adopte. Los humanos pueden ser considerados todos iguales o no. La competitividad puede ser considerada positiva para el desarrollo de las sociedades o no. A los animales se les puede atribuir los mismos derechos que a las personas o no. El hambre puede ser tenida como inaceptable o todo lo contrario, como parte de un mecanismo de selección natural destinado a asegurar la supervivencia del conjunto de la especie etc. Siempre es posible encontrar pruebas de que estas afirmaciones son tanto ciertas como falsas y la historia es un inmenso baúl que sirve lo mismo para un roto que para un descosido en función del punto de vista ético y moral que se adopte y la sangre fría para manipularlas. 
(2) Pero la acción política se sustenta también en unos determinados contenidos subjetivos, es decir, afectivos e identitarios y que desarrollan una dinámica propia. Conectan con el sustrato profundo del comportamiento y de la psicología humanos: son las emociones y el miedo, la búsqueda instintiva del bienestar, la añoranza o el apasionamiento personal por una determinada causa nacidos de una experiencia propia -bien sea práctica o intelectual, bien sea consciente o inconsciente, pública o privada-. Pueden ser motores constructivos, pero también destructivos  cuando no hay capacidad de controlarlos por medio de mecanismos racionales o de reguladores éticos. Las formas afectivo-identitarias se pueden subdividir en sentimientos positivos como la ilusión y la esperanza, o en sentimientos negativos como el miedo, el recelo o la angustia. Los primeros alimentan la idea del aliado y de amigo, los segundos la idea del enemigo y oponente. La cultura y la lengua en particular, también son expresiones afectivo-identitarias centrales como supo ver Antonio Gramsci. Los símbolos son las expresiones visibles de estos sentimientos, iconos en los que cristalizan mecanismos colectivos más o menos conscientes de identificación.
Todo esto tiene una alta relevancia práctica y política en particular. Los intereses materiales están envueltos en ropajes ideológicos, morales e identitarios sin los cuales no llegarán nunca a traducirse en acciones políticas. O dicho de otra forma: la articulación de intereses materiales no se produce nunca de forma pura sino a través de valores, representaciones y posicionamientos morales que en buena medida se soportan en mecanismos emocionales e identitarios. A veces estos se hacen particularmente visibles, otras no, pero siempre están ahí. Las clases populares nunca han podido o querido ocultar el componente afectivo de sus manifestaciones políticas. Pero no así las élites que tienden a camuflar sus preferencias morales, sus sentimientos y sus afectos políticos en ropajes aparentemente objetivos y racionales. Tanto estas como también muchos profesionales, tienden a dar por racionales y "científicos" muchos  argumentos cuyo sustrato es, en realidad, exclusivamente moral y afectivo. Y al revés: la política es reducida muchas veces a una cuestión de opciones morales a costa de los análisis más completos de las realidades objetivas (intereses materiales etc). El mensaje tecnocrático y la politología liberal son casos extremos de lo primero, el neokantismo -socialista o no-, que tiene muchos seguidores en la tradición cultural española, de lo segundo. El objetivo de los primero es el intento de demostrar la disfuncionalidad de las formas de participación republicana en los asuntos políticos y económicos. El objeto -a veces no deseado- de lo segundo es reducir la lucha política a una cuestión moral sin consecuencias prácticas (los buenos y los malos, los que tienen comportamientos ambientalmente sostenibles y los que no, los que "apuestan" por la revolución y los que "apuestan" por la reforma etc.). Ambos utilizan argumentos aparentemente racionales, objetivos y contrastados para encubrir lo que no es sino una determinada apreciación valorativa o puramente sentimental y moral de las cosas. En España, la historia imperial ha sido utilizada durante siglos para legitimar proyectos destinados a conservar correlaciones de poder y de clase sin que este objetivo sea hecho explícito en la mayoría de los casos. Algo parecido sucede hoy en relación a la demostración "objetiva" de la "particularidad catalana o vasca desde hace siglos". Este argumento deja fuera, por razones más emocionales que racionales, que todos los territorios del Estado eran también altamente particulares antes de la creación del Estado moderno, que hubo rebeliones populares en toda Castilla contra la centralización absolutista y no sólo en  Cataluña y Euskadi, que la mayor parte de las  élites con residencia en Madrid encargadas de gestionar el Estado central no son de origen madrileño, que, en definitiva: todos los territorios del Estado comparten experiencias democráticas y antidemocráticas  comunes imposibles de analizar racionalmente a partir del argumento territorial. La sorprendente convergencia entre sectores de la izquierda con el nacionalismo tiene, en parte, esta explicación: los sentimientos y la moral se han separado de los análisis racionales, lo identitario ha inundado la casa de los análisis racionales, un fenómeno muy conocido y estudiado pues se ha producido en otras situaciones  como sucedió con las clases medias europeas en 1929.   Hay mucho material histórico poco o nada consistente que se emplea como argumento aparentemente racional para demostrar el carácter eterno de aquellas estructuras que se pretenden conservar o todo lo contrario: para demostrar la legitimidad "histórica" de la particularidad catalana o vasca que, en muchos sentidos, se acaba reduciendo a la cuestión lingüistica y que sí es un aspecto claramente diferenciado. El material utilizado son muchas veces mitos congelados en el tiempo, discursos que hilvanan hechos objetivos de una determinada forma, a veces  seudoinvenciones legadas de una generación de intelectuales a otra, intelectuales que se niegan a ponerlos en cuestión por razones no racionales sino de simple afinidad sentimental y normativa. Por eso, para Siegfried Krakauer, uno de los grandes sociólogos de la cultura que ha dado el siglo XX, la tarea de los intelectuales tiene que consistir en intentar “desmontar las mitologías, contrastarlas con la realidad y desvelar sus objetivos inconfesados”, es decir, en destapar todo aquello que no se hace explícito en un discurso político pero que está oculto bajo un envoltorio pretendidamente racional, las más de las veces falsamente científico y  marcadamente emocional.  
Todo esto no quiere decir que los proyecto políticos, los valores que defienden y las identidades que movilizan sean aleatorios, prescindibles o gratuitos. Todo proyecto político guarda siempre algún tipo de relación con los intereses sociales de los actores: “el concepto de poder político se queda vacío y falto de sustancia sin el concepto de relaciones de poder económico, sin la estructura social de las sociedades” (Frank Deppe). Pero el vínculo entre identidad, valores y estructuras sociales objetivas no es  lineal, claro y estático. Muchas veces la moral y las emociones ni siquiera son funcionalmente acordes con lo que las personas necesitan para vivir a medio o a largo plazo. La explicación es que el ropaje de lo cultural, de lo ideológico y de lo sentimental es espeso y opaco. Tanto, que puede llegar a producir comportamientos funcionalmente contrarios a los que teóricamente podrían esperarse de los intereses materiales de los individuos. Cuando esto sucede por mucho tiempo, cuando todos estos elementos no forman una unidad más o menos coherente entre sí, los proyectos políticos fracasan o pierden una parte de sus apoyos. 
Es verdad que los sentimientos y las identidades abren muchas posibilidades para la manipulación de las personas, pero no por eso hay que eliminarlos como residuos pre-políticos o simples actos de populismo. Sí es posible, sin embargo, hacerlos descansar en análisis realistas, regularlos con argumentos racionales y vinculados de forma coherente con ellos y con los postulados éticos. Por medio de la educación, del arte, por medio de la práctica y de la organización de la vida cotidiana, los sentimientos pueden alimentar proyectos de solidaridad, de fraternidad y de sostenibilidad y no necesariamente otros de raíz competitiva y excluyente. En resumen: hay que tener en cuenta no uno sino los tres planos para poder llevar un proyecto político a buen puerto: el material-racional, el ético-moral y el afectivo-identitario. Los tres tienen que guardar una coherencia entre sí y potenciarse mutualmente si quieren convertirse en amalgamadores de un proyecto político compartido por personas distintas. Si no es así, el proyecto fracasa por muy bien analizados que estén sus condicionamientos materiales, se hace incapaz de articular un proyecto político nuevo. Conclusión: el problema de la configuración nacional del Estado español no se podrá solucionar nunca si no se aborda la construcción de una suerte de identidad compartida en todo el Estado, si no se ve más allá del problema del concierto y de las balanzas fiscales.  

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