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sábado, 6 de octubre de 2012

Antes y después del 11 de septiembre en Barcelona



El 11 de septiembre de 2012 es el último hito de un proceso que viene durando cuatro o cinco años, los que dibujan la trayectoria ascendente del apoyo a una Cataluña independiente. Es verdad: la oportunidad del Estatut fue  dilapidada por el rancio poder judicial aunque el intento de Maravall de comerle el terreno al nacionalismo sacrificando la cuestión social no fue para nada una estrategia acertada. En realidad, la semilla de la discordia identitaria se plantó en 1978, de ella brotó lo que está sucediendo ahora. La solución constitucional elegida para afrontar el problema de la configuración nacional-estatal en medio del avance de una lógica primero monetarista, luego directamente neoliberal, había convertido a Barcelona 2012 en una cuestión de tiempo.




Varios factores han venido tapando desde entonces un problema de fondo: el Estado del Bienestar financiado con endeudamiento en vez de con impuestos parecía capaz de llenar el vacío identitario con prosperidad material, ETA eclipsaba un problema político con el espejismo de la violencia, el modelo de crecimiento daba pan a pesar de su naturaleza destructiva y Europa parecía curar todas las heridas sin necesidad de diagnosticarlas. El reconocimiento de las nacionalidades históricas como espacios de excepcionalidad dentro de una “España” que los pactos de la transición decidieron que tenía que seguir siendo la misma en aspectos centrales, parecía funcionar a las mil maravillas. Y esto a pesar de que la asimetría chocaba, una y otra vez, con el legítimo deseo de todos los territorios y ciudadanos de recibir un trato igualitario. Mientras participaban en la fiesta de la destrucción de Yugoslavia, las élites daban clases de transición a otros países hablando de modelos que eran más apariencia que otra cosa: la semilla del enfrentamiento cultural y lingüístico ya estaba  incrustada en el  corazón político del sistema constitucional español. Venía brotando con cada vez más fuerza con la degradación social, regada por el enfrentamiento pendular entre culturas que necesitan excluirse para sentirse seguras. Aznar no hizo sino acelerar un proceso en marcha y Zapatero no fue a sus causas sino sólo a sus síntomas.  

Lo peor está siendo el papel de la izquierda y su seguidismo. Se daba por satisfecha apelando de forma vaga y formal a un remoto derecho republicano a la autodeterminación sin precisarlo ni poner encima de la mesa la tercera pregunta, aquella que resulta clave para darle solución democrática a un Estado antiguo y de población muy mezclada como este: el derecho a optar también por la configuración de una federación solidaria y republicana de territorios. Un segundo mito en el  discurso de la izquierda fue acumulando fatalidades adicionales: la fragmentación del Estado fue considerada un proceso progresista debido a la contaminación del Estado democrático con personas y estructuras preconstitucionales. Esto abría la necesidad de sumarse al independentismo sin preguntar quienes eran los grupos e intereses que lo impulsaban,  en beneficio de quién y de qué, y, sobre todo, en qué contexto internacional. Es verdad: la legitimidad democrática del Estado español ha sido históricamente breve pero esto no permite dejar caer al Estado como campo político esencial, desoir las lecciones de la historia o comparar la la realidad española con  procesos de descolonización exóticos que poco o nada tienen que ver con la Europa reciente y menos aún con las regiones más ricas del Estado español en las que las clases medias indepentistas sueñan con convertirse en pequeñas finlandias sin compromisos solidarios con otros territorios. A veces el argumento antiestatalista de la izquierda soberanista llegó a engrosar incluso las filas de los enemigos económicos de lo público ahora identificado con lo “español”: los neoliberales del Estado mínimo de todos los colores identitarios. También esto facilitó una convergencia tácita entre los Joan Laporta y  los Joan Herrera.

La izquierda acabó tirándose así a una piscina ambigua en la que el agua del argumento social quedaba cada vez más diluida frente al cloro purificador del argumento identitario. Mientras la mayoría de la población miraba a otro lado, los nacionalistas construían sus nuevas naciones y normalizaban el uso de "sus" lenguas recibiendo cada vez más apoyo de las clases progresistas cultas. Por su parte, los españolistas prorrogaban el país salido del franquismo poniendo a cantar a Manolo Escobar para celebrar el triunfo de la Selección en los mundiales de 2011, una de las más grandes meteduras de pata de la Comunidad/Ayuntamiento de Madrid de las  últimas décadas, y que en parte salvó Puyol ondeando la señera. Los dos bloques identitarios se fueron alimentando  mútuamente en una dinámica pendular siguiendo un guión  harto conocido. El avance electoral simultáneo de Artur Mas/Esquerra Republicana y de Mariano Rajoy/Esperanza Aguirre/UPyD es un reflejo picante de ese péndulo. 

Ahora toca abrir los ojos, actuar, argumentar de otra forma. Hay que dejar atrás las tribunas privilegiadas de los Santos Juliá y los Álvarez Junco que daban por imposible lo que está sucediendo. Y no sólo para abordar el problema nacional tomándose en serio el contenido político de la identidad. También para abordar de raíz todo aquello que nos ha  llevado a la actual situación: no se puede crear un Estado del bienestar sin dar trabajo digno a una población cada vez más instruida; no se puede apostar de esta forma por el mercado frente a lo público sin arriesgar una destrucción de las instituciones; no se puede liquidar la política industrial para sustituirla por la fiesta del turismo de masas y la borrachera del  ladrillo; no se puede asentar la democracia en la renta financiera e inmobiliaria; no se puede seguir con la milonga  de que la globalización neoliberal o "Europa"  hacen obsoleto el problema de la configuración nacional; no se le puede echar la culpa a Madrid del declive de la economía productiva frente a la financiarizada en todo el mundo, declive que ha debilitado la posición que tenía Cataluña en el conjunto del Estado sin que Madrid tenga culpa alguna -Artur Mas mismo es hijo de un capitalista industrial en declive- ; no se puede sostener que las mayorías sociales de Cataluña y de Madrid tienen intereses enfrentados pero coincidentes con los de sus élites territoriales; no se puede dejar fuera del cálculo político los beneficios económicos que Cataluña obtiene del resto del Estado o utilizar la falta de concierto como coartada para hacer políticas regresivas tintadas de vino nacional. 

Todos estos entendidos y malentendidos desfilaron por las calles de Barcelona el once de septiembre (muchos catalanes progresistas se negaron esta vez a participar). Y todos, también los que no querían verlo, tienen que hacerlo ahora: la fórmula elegida en 1978 no resuelve el problema nacional sino que lo mantiene abierto en beneficio de los argumentos competitivos y en detrimento de los solidarios. Es comprensible que los sectores nacionalistas se hayan sentido cómodos con esta trayectoria. Y también que los sectores españolitas la admitieran como opción necesaria para conservar intacta su influencia identitaria en Madrid, en Sevilla y en Oviedo. Era un pacto tácito basado en la potenciación mutua de la  exclusión cultural y lingüística: el catalán fuera de Madrid, el castellano fuera de Cataluña etc. Lo preocupante es la pasividad de las fuerzas de la solidaridad y de la izquierda al sur y al norte del Ebro y el oportunismo alegre con el que marchaban por el Paseo de Gracia de la mano de Artur Mas. Hay tres cuestiones importantes que no tienen en cuenta. 

La primera:  no hay ninguna posibilidad de generar solidaridad redistributiva, y menos  en un entorno neoliberal, si no existen lazos identitarios fuertes y compartidos que contrarrestren la competitividad territorial y la segmentación social provocada por la apoteosis del mercado. La identidad compartida forma parte de cualquier proyecto político que quiera ser compartido, también o precisamente del que abrió la  oportunidad desaprovechada de 1978. 

La segunda: los lazos identitarios y la propia tradición se construyen, se crean, no son nada “objetivo”, no hay nada en la historia que los demuestre por sí mismos. Lo que hay son programas, arduas tareas políticas de, al menos, dos generaciones que crean y asientan imaginarios, tradiciones y apoyaturas culturales. Para construir lazos fuertes hay que romper aquellos que bloquean su trenzado: no todo vale en el campo del sentimiento por mucho que se intente anular la memoria histórica, la historia en general. Desde luego es imposible hacerlo en España sin romper con las tradiciones y representaciones de aquellos que dieron un golpe de Estado y destruyeron física, cultural y políticamente a más de la mitad de su propia población: es aquí donde sobre todo han fracasado los Santos Juliá y los Álvarez Junco. Madrid y Gernika están hermanadas por su condición de víctimas de los primeros bombardeos del fascismo. Pero para que cuaje un vínculo de unión en el alma de sus habitantes basado en estos hechos objetivos, hay que dejar fuera del vínculo a aquellos que bombardearon ambas ciudadas. E introducir la naturalidad de la cultura de lo vasco y de lo catalán en el Madrid más profundo y popular.

Porque el tercero es que la(s) lengua(s) ocupan un lugar central en dicha construcción.  Pero sólo si son compartidas, si los destinatarios de la nueva identidad están familiarizados con ella(s) pueden ser sentidas como algo propio, puede ser tenido el otro como algo cercano, como uno "de los nuestros". Esto afecta no sólo o no tanto a las clases cultas sino también a la cotidianidad de las clases populares. La construcción de una identidad compartida a partir de 1978 pasaba por construir un único espacio plurilingüe en todo el Estado con su sinfín de consecuencias culturales. Dejar que cada uno recuperara su lengua y construyera una nueva tradición por su cuenta en territorios segmentados tenía que conducir justo a la situación contraria, la que tenemos ahora: frustrar la construcción de una compartida, bloquear la formación de amalgamas culturales en el conjunto del Estado sobre las que construir una sociedad redistributiva, más rica en lo cultural, más justa, solidaria y sostenible.

El argumento de que las identidades son ahistóricas, de que existen desde tiempos inmemoriales, es una quimera. Nada, y menos la identidad, está situado fuera de la historia, de la dinámica política por muy íntima y  personal que parezca. Aquí, en esta equivocada deshistorización de la identidad y en la ignorancia de su importancia política, la izquierda se ha quedado parada en los argumentos de Manuel Azaña que eran muy avanzados para su tiempo pero insuficientes para hoy (ver “Sobre la autonomía política de Cataluña”). Con este parón la izquierda se aproxima tácitamente a los nacionalistas cultivando una inercia que le está costado cara a la justicia y la solidaridad. Para todos los pregoneros de los bloques identitarios inamovibles -sean progres o conservadores- la deshistorización de la identidad es una cuestión sagrada, es  en ella que se apoya todo lo demás. Es interesante observar que, en la práctica, demuestran todo lo contrario: que la identidad es algo que se construye día a día con programas de televisión, tesis doctorales y relatos políticos. 

¿Dónde va a acabar todo esto? Tres décadas perdiendo el tiempo y metiendo la pata en Madrid es mucho, construir una identidad compartida en beneficio de las partes y las culturas más débiles lleva al menos dos generaciones ¿Estamos a tiempo? La bola no está en el tejado de los nacionalistas, que no necesitan desviarse ni un milímetro del recorrido que les ha llevado hasta aquí. Esta en el tejado de Madrid, de Sevilla, de Oviedo, de sus sectores más cosmopolitas y solidarios, depende de la decisión de estas clases y grupos de romper con el neoliberalismo, de dirigirse a catalanes, vascos, canarios y gallegos ofreciéndoles una  construcción horizontal y conjunta,  declarándose dispuestos a cambiar sus actitudes lingüísticas, a aislar a las fuerzas de la identidad excluyente en sus respectivos territorios, a extender de forma ordenada los ambientes bilingües -e incluso trilingües-  que ya son una realidad para el 40% de toda la población. 

El resultado tiene que ser una pluralidad que vaya más allá de  la suma de partes diferentes, una identidad basada en premisas solidarias y una cultura plurilingüe que llegue hasta el pueblo más remoto donde, tras dos generaciones, será defendida como algo propio. Sólo este escenario le dará legitimidad a otro gran argumento de la izquierda: el derecho de autodeterminación. La inclusión de una tercera opción en la consulta, una opción intermedia entre la formación de un -pequeño- estado propio en medio de un océano de tiburones en busca de naciones tiernas a las que satelizar, y la permanencia en el Estado continuista de 1978, esta tercera opción es la más razonable, la que le permitiría a la izquierda y sus valores pasar a la ofensiva. Es el derecho a elegir también la libre adhesión a un Estado plurinacional, plurilingüe y multicultural, un Estado federal y solidario, fuerte pero altamente descentralizado (¿por qué no desdoblar la sede de los poderes legislativo, judicial y ejecutivo, por qué no discutir el cambio de la  capitalidad?), un Estado al servicio de una sociedad autogestionada en la que las clases sociales que más tengan aporten más a la colectividad sea cual sea su procedencia territorial, en el que los municipios y las mancomunidades tengan un protagonismo central como espacio directo de participación ciudadana. Un Estado en el que se generen más recursos de los que se destruyen y en el que todos tengan un espacio para su desarrollo individual acorde con el desarrollo del conjunto, en el que todos los niños sin exclusión oigan el euskera, el catalán, el castellano y el gallego en la televisión y en la escuela (hay experimentos de política lingüística muy prometedores por el mundo que tocaría estudiar). Una escuela igual para todos y necesariamente republicana, claro. 



      Madrid 13 de septiembre de 2012  


2 comentarios:

Juan Pablo Ramos dijo...

Hombre, Armando, a mí me parece muy bien el artículo en su conjunto, pero lo de que todos los niños se familiaricen con el catalán, el gallego, el castellano y el euskera por igual me resulta utópico, y te lo digo desde el profundo respeto hacia esas lenguas de un andaluz que conoce y aprecia mucho a las gentes y las tierras donde más se hablan. Estoy de acuerdo en que debemos conseguir que unos y otros en este estado generemos identidades compartidas (aunque es complejo), pero lo de las lenguas ya me parece sencillamente imposible. Me conformo con que a todo el mundo le resulte normal y saludable oír unas u otras, luego, lo lógico es que haya una que sirva de vehículo comunicacional para todo el territorio (el castellano, por sentido común), y que el resto tengan todas las posibilidades necesarias para mantenerse y crecer.

Jose Antonio Cerrillo dijo...

A mí no me parece utópico, pero sí creo que tiene un problema gordo, que ya te comenté en otra entrada. Si se tuviese que dar una "segunda lengua" obligatoria en el cole, y la elección de la misma fuera voluntaria (y otra cosa no se me ocurre), entonces habría un sesgo enorme a favor del catalán, que te daría oportunidad de manejarte en al menos 3 territorios. Es un problema difícil.