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jueves, 19 de enero de 2012

La cuestión alemana (segunda parte)

¿Pero cómo hemos llegado a esta situación? Volvamos la vista a los años 1970. 
Los países de la Comunidad Económica Europea, cuyas economías habían venido convergiendo en términos reales durante los años del capitalismo regulado, intentaron salvar su proyecto común de las olas especulativas creando en 1978 el Sistema Monetario Europeo (SME). Este sistema obligaba a los gobiernos a intervenir cuando la cotización de sus monedas se alejara de un cambio medio calculado a partir de una cesta de monedas. Estaba inspirado en un esquema multilateral similar al que propuso Keynes hacia 1945, similar también al que subyacía al proyecto de creación de los Derechos Especiales de Giro en 1969.
Aún cuando se inscribe ya en una lógica de estabilidad y de disciplina presupuestarias que presagiaba el vuelco neoliberal en Europa, el potencial de solidaridad que llevaba implícito el SME era aún importante[1]. De alguna forma representaba una pequeña isla en la que se conservaba el espíritu de cooperación monetaria internacional que había dominado todo el espacio de la OCDE hasta 1971. Dentro de lo que entonces era el Mercado Común, los países con niveles de productividad superiores e índices de inflación bajos asumían una parte del coste de la adaptación de las economías de los países con menos productividad e inflaciones superiores. Cuando se producía un superávit comercial y, en consecuencia, una demanda excesiva de monedas fuertes, los bancos centrales se comprometían a vender moneda fuerte y a comprar moneda débil con el fin de equilibrar sus respectivos tipos de cambio. La razón de ser de esta política era que un desequilibrio excesivo de la balanza  comercial tampoco les interesaba a los países con monedas fuertes pues encarecía sus exportaciones y frenaba su propio crecimiento y creación de empleo. El desarrollo de este sustrato cooperativo habría permitido profundizar en la convergencia real de los diferentes países si las políticas económicas hubieran sido otras.  Con los años, el proyecto acabó degenerando en una empresa de raíz más y más competitiva en la que el multilateralismo fue sucumbiendo al unilateralismo. Alemania acabó aprovechando el enorme peso de su economía para utilizar el SME en beneficio propio, para ampliar su hegemonía económica dentro de Europa. 
Alemania ya pertenecía entonces al grupo de países de fuerte orientación exportadora. Esta orientación ha ido en aumento hasta desembocar en la situación actual. No hay un caso igual en todo el mundo: es el país del planeta cuyo sector exportador tiene el mayor peso en relación al potencial de desarrollo de su propio mercado interno: más de ochenta millones de personas. Es un porcentaje superior al de Japón y muy superior también al de los  tigres exportadores de la UE (Países Bajos, Austria y Finlandia). Su sistema productivo no sufrió una destrucción excesiva durante la Segunda Guerra Mundial si se compara con su tejido urbano y residencial. La pérdida en Yalta de sus territorios del Este había provocado la concentración en el territorio inicial de la República Federal de millones de trabajadores cualificados que ofertaban sus capacidades a bajo coste inmediatamente después de la guerra. Esto permitió que sus empresas se especializaran en producciones de calidad y alto valor añadido sin tener que pagar salarios demasiado elevados por un trabajo cualificado[1]
La restauración política, que afectó a casi toda Europa después de la Segunda Guerra Mundial fue especialmente severa en Alemania Federal. Este hecho retrasó la aplicación de políticas keynesianas orientadas al desarrollo de los mercados internos y la expansión del sector público prácticamente hasta finales de los años sesenta. La mayoría de los gobiernos alemanes empezaron a practicar desde entonces políticas neomercantilistas destinadas a apoyar las actividades de I & D, a fomentar las cualificaciones industriales y las industrias exportadoras que consiguieron consolidar su poder en un país deseoso de enterrar su pasado nacionalnacionalista bajo la capa neutra del éxito económico. Todo esto fue imponiendo una política monetaria absolutamente ortodoxa destinada a adaptar la moneda nacional a las necesidades del lobby exportador. Su objetivo ha sido desde entonces siempre el mismo: mantener un control estricto de la inflación para frenar el aumento de los precios de sus productos de exportación y así reforzar el superávit de su balanza comercial con respecto al resto del mundo, al resto de Europa. El resultado fue y sigue siendo un fundamentalismo monetario que se ha llevado siempre bastante bien con Wall Street y con la city. La alianza entre ambos, entre los grandes intereses financieros anglosajones y los exportadores alemanes, forma el núcleo del poder económico actual dentro de la Unión Europea, un núcleo esencial e inequívocamente transatlántico, al menos hasta el crack de 2008. La razón es que son complemenarios: la city no produce coches y Alemania no tiene  una plaza financiera rival aún cuando Frankfort intentara competir con Londres en los años 2000 sin demasiado éxito.  
Con esta política el encargado de velar por su salud, el Banco Central Alemán, el Bundesbank, fue acumulando con los años unos poderes absolutos desconocidos en otros países occidentales antes del triunfo pleno del neoliberalismo en los años 1990. Primero acumuló dicho poder dentro de su propio país y frente a su propia población. Y después lo acumuló frente a las poblaciones y los gobiernos de los demás países de Europa Occidental, frente a nosotros. En temas monetarios la economía alemana empezó a ser gobernada así en fechas muy tempranas por un monarca absoluto sin control democrático ninguno cumpliendo las recomendaciones de los padres del neoliberalismo Milton Friedman y Daniel Bell, y anticipándose a la restauración político-financiera de la revolución neoliberal que ahora está haciendo cenizas el modelo social europeo. El unilateralismo de la primera economía europea y la incompatibilidad de su dogmatismo exportador con la construcción de una Europa solidaria, son el origen  de las  dificultades financieras que hoy podrían conducir al final del euro.


Más información: A. Fernández Steinko: Izquierda y republicanismo. Madrid, Akal 2010




[1] A. Fernández Steinko/Ch.Köhler.: Sistemas de trabajo y estructura social: una comparación República Federal de Alemania-España, en: Cuadernos de Relaciones Laborales nº7, 1996

[2] E. Richter: ”Nationalstaat und globale Kapitalmacht konkret” en: Sozialismus nº10, 2006, pp.30ss.
[1] H.J. Bieling/J. Steinhilber: “Hegemoniale Projekte im Prozess der europäischen Integration, en H.J. Bieling/J. Steinhilber: Die Konfigurationen Europas. Dimensionen einer kritischen Integrationstheorie. Westfälisches Dampfboot, Münster 2000, p.112
[3] H. Herr, A.Westphal: “Europäisches Wirtschaftssystem: DM-Club oder demokratisches Westeuropa” en: WSI-Mitteilungen, 7/1988

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