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jueves, 5 de enero de 2012

Para una cultura de la solidaridad en el tercer intento

 IX Jornadas sobre la cultura de la República. Universidad Autónoma de Madrid, abril 2011

Quince años de capitalismo popular inmobiliario han tocado a su fin en 2008. La crisis económica es la más grave desde 1929 y comienza el declive de un período que ha girado alrededor de un objetivo central: sustituir la solidaridad por la competitividad, la cooperación por el mercado, la renta  por el trabajo.

En realidad esto no es del todo verdad: la solidaridad, la cooperación y el trabajo se admitieron y se admiten, pero no en la esfera de lo público sino en la de la familia y de las empresas. Es imposible ser un autónomo competitivo sin la solidaridad de una esposa muda que hace las camas y el cocido. Es imposible ser una empresa competitiva sin que trabajadores y patrones cooperen en pactos asimétricos en los que los propietarios se llevan los beneficios y los trabajadores poco más que una vaga promesa de conservar su empleo un par de semanas más. ¿Qué tiene que decir el proyecto republicano en esta tesitura?

Desgajar la cultura de los cambios sociales es trinchar un cuerpo vivo.  Georges Orwell escribió lo que intuye cualquier persona: quien escribe el pasado escribe el futuro. Berlusconi es inconcebible sin la revisión de la historia del antifascismo italiano en los años 1980. La gran coalición monetarista que se firma en la transición española es inconcebible sin la castración de la conciencia sobre la experiencia republicana, una experiencia en la que no sólo se acumularon errores sino también propuestas para dar solución a una serie de problemas estructurales de la historia moderna de este país, problemas que perduran.

La Segunda República fue el resultado de un ciclo largo y acumulativo en la búsqueda de soluciones a estos problemas, de construcción de nuevas organizaciones políticas y de nuevas identidades al margen de la España eterna, uniforme y socialmente injusta. Comenzó con los movimientos regeneracionistas vinculados al krausismo y continúa con el 98 y los movimientos de renacimiento/reinvención cultural y política en Cataluña, Euskadi, Galicia y en menor medida en Andalucía e incluso en Castilla. Toda esto coagula en la oposición a la Dictadura de Primo de Rivera que representa el continuismo del siglo XIX. Eclosiona con la Segunda República y se acelera durante la guerra civil en un acto de creatividad colectiva de gran vitalidad. El interés de esta experiencia para abordar la situación actual radica en la persistencia de dos problemas históricos que viene arrastrando el país desde el siglo XVI y que el pacto constitucional de 1978 y la integración en una Europa cada vez más competitiva han agravado. Primero: la destrucción de la sociedad de productores frente a la sociedad de propietarios, de rentistas financieros e inmobiliarios; y segundo: la necesidad de destruir cada vez más cultura, más trabajo, más naturaleza y más territorio para poder crecer un poco más con el fin de asegurar una mínima estabilidad política. 

La experiencia republicana es muchas cosas pero hay que resaltar dos: en primer lugar fue un intento de sustituir la renta por el trabajo y en segundo lugar fue la culminación de una larga sucesión de descubrimientos, de regeneraciones y preservaciones de la parte viva del país, de su patrimonio compartido. Arrancó con el inventario de recursos culturales, sociales y naturales que pasaron a ser identificados como colectivos, como patrimonio tangible de toda una nación viva, creadora y laboriosa -o de varias de ellas- frente a las expresiones abstractas de un país retórico y formal. Bien fueran sociales y humanos, bien fueran naturales y paisajísticos, bien culturales y lingüísticos, todos estos recursos servían para trenzar un suelo nuevo con el que romper las costras de la España Eterna, con el que acercar al país a aquellos que lo creaban diariamente, de quitárselo a los que no hacían sino maltratarlo, ignorarlo, consumir el grueso del excedente por su mera condición de propietarios, gobernar a espaldas de las mayorías y malgastar la riqueza en guerras coloniales destinadas a perpetuar precisamente esa economía de rentas tan injusta socialmente. 
 
El proyecto republicano se articula en torno a dos ejes que evolucionaron en sentido distinto aún cuando ambos partieran de motivaciones comunes:  por un lado el eje que planteaba la regeneración a partir de un impulso fundamentalmente elitista reforzado por aglutinantes identitarios abstractos. Es la apuesta de los ideales wilsonianos de paz universal, de la comprensión de España y de Europa como unidades de destino, de las ideas puras desprovistas de objetos sensoriales, de la actualización de viejos mitos imperiales y postimperiales envueltos ahora en un ropaje de laicidad pero que seguía reventando de metafísica. Aquí, la influencia de Kant, o mejor, del neokantismo ha sido decisiva y, a largo plazo, del todo nefasta para la evolución ideológica del país. Pero también se articula alrededor de otro eje que planteaba la regeneración a partir de una idea de país en la que lo social, lo laboral, -especialmente en unión con lo natural- son reconocidos como fundamentales, incluidas todas sus manifestaciones culturales.

El material del primero son el ser, las ideas puras de Estado, de Justicia, de la Historia y de la Cultura. El material del segundo es la existencia, la vida de las personas y la necesidad de redistribuir recursos para que dicha existencia gane el protagonismo en la vida política y cultural, para que se convierta en fuente de creatividad. Sí: parte del material ideológico que dio nacimiento a la Segunda República Española es una anticipo de todo el existencialismo europeo. El ser trabaja con objetos ideales y construye estructuras. La existencia trabaja con objetos sensoriales, opera con subjetividades y les atribuye a la clases populares un protagonismo central en la definición del rumbo de la propia regeneración. El primer eje se puede ejemplificar con la figura de José Ortega y Gasset pero también con la de un Menéndez Pidal o de un Gregorio Marañón. El segundo parte de la subjetividad colectiva lo cual explica la importancia que tuvieron los poetas en su definición y puesta en práctica: Antonio Machado, María Zambrano, Alberti, García Lorca o Miguel Hernández. Este eje coloca a las mayorías -activas o pasivas- en el centro de la explicación, de la legitimidad y de la transformación social y cultural.  Aunque habría que definir también un grupo mayoritario e intermedio que, como el caso de Miguel de Unamuno, Manuel Azaña o Julián Besteiro, adoptan posiciones ambiguas y cambiantes entre ambos extremos.

La República nació como agregación conflictiva de los tres ejes: el primero, el segundo y el intermedio. Pero fue evolucionando hacia una alianza entre el intermedio y el segundo, alianza que se refleja en la aproximación entre las clases trabajadoras y las clases medias instruidas, entre los partidos republicanos y los partidos populares. Esa alianza fue hegemónica durante la Segunda República y ni pudo ni quiso acomodarse con el régimen franquista. Por el contrario, el primer eje y parte del intermedio no tuvo demasiados problemas en cambiar su republicanismo por un acercamiento a la opción modernizadora representada después por el discurso tecnocrático del Opus Dei, discurso que se nutre de un modelo elitista de gestión social teorizado en los años de la postguerra y que asalta los gabinetes restauradores de la Guerra Fría. Todos ellos serían hoy monárquicos sin ninguna duda.

Aquel primer grupo, especialmente la figura de Ortega y Gasset y sus continuadores (Julián Marías, Diez del Corral etc.), se acabó consolidando como la principal referencia intelectual de la gran coalición que congeló la transición democrática a medio camino. En su nombre se construyó un Estado del bienestar pagado con renta financiera que no con trabajo, un Estado del bienestar dependiente del gran poder de la banca que es quien lo financiaría a cambio de un tipo de interés, ese impuesto que tiene que pagar toda la sociedad a los tenedores de bonos que son normalmente los que más tienen. Un Estado del bienestar construido sobre el monopolio que sustentan unos pocos máximos accionistas con vínculos familiares entre sí en la gestión de las grandes empresas del país. Este proyecto de transición es esencial- y profundamente monárquico porque separa y aisla zonas sustanciales de la sociedad de la dinámica democrática. Por eso se lleva tan bien con el neoliberalismo. El neoliberalismo tampoco no puede funcionar sin dejar temas esenciales fuera de la decisión de los ciudadanos: las finanzas y las grandes empresas, la política exterior y el Ministerio del Interior. Produjo una sociedad de consumidores endeudados, atomizados y ultracompetitivos, un ambiente cultural que no acabaría nunca de tocar la madera última del país, demasiado receptivo al discurso postmoderno, demasiado ciego al destrozo a cambio de una parcela y un chalet adosado con barbacoa y aroma químico de churrasco. Un país nuevorrico como dicen los portugueses con razón.  Produjo un país con poco que ofrecer intelectualmente al resto del mundo. Y esto a pesar del extraordinario aumento de las cualificaciones que, eso hay que reconocérselo, produjo el el estado del bienestar pagado con endeudamiento, con renta financiera.

Pero sobre todo es un modelo que sigue necesitando destruir para subsistir, destruir incluso las bases del propio Estado del bienestar: el trabajo. Tiene que destruir trabajo con desempleo, destruir saberes con precarización, destruir naturaleza, edificios y ciudades con especulación, destruir diversidad cultural con políticas de monolitismo lingüístico de uno y de otro signo, políticas de competitividad sin fin entre territorios. Tiene que  destruir energía vital y creatividad con ese retraso incesante de la edad de emancipación juvenil. Pero sobre todo necesita destruir cualquier visión de conjunto del país y del mundo, cualquier forma de economía de toda la casa, de cooperación territorial, todo lo que nazca de un gesto de racionalidad compartida, todo eso que dos generaciones le consiguieron arrancar al individualismo feroz del franquismo.

Sólo un país con, cito a Gerald Brenan en su “Laberinto español” «una creencia tan grande en los milagros, con tanto desprecio por el trabajo, tanta impaciencia y tanto gusto por la destrucción» (cierro cita) puede portase tan mal consigo mismo. Sólo el ejército de un país así puede hacer una guerra para destruir su propio pueblo, liquidar a sus propios creadores, a sus propios pensadores, a sus propias lenguas y trabajadores cualificados. Sólo las élites de un país así pueden destruir sus manifestaciones culturales más íntimas y propias o mirar a otro lado cuando se trata de hacer justicia con las víctimas inocentes de su vandalismo, víctimas  que siguen enterradas en las cunetas. Pero lo que muy bien intuye Brenan, y con él muchos de nuestros admirados hispanistas, no es tanto el producto de una determinada mentalidad, de un determinado arquetipo antropológico. Es el resultado de una correlación social que es justamente la que se intentó cambiar tanto en 1931 como en las luchas de la transición, una correlación que volvió a consolidarse con la derrota republicana y con la gran coalición turnista de los años ochenta del siglo XX. Sociedad de rentas frente a sociedad del trabajo, destrucción frente a preservación y sostenibilidad: esas son los dilemas que unen los proyectos de la Segunda y de la Tercera República.

La renta inmobiliaria necesitan destruir para generar dividendos y para eso necesita reducir el territorio a un espacio económicamente desamortizado, carnaza de la revalorización, del pillaje y de la puesta en valor económico privado. La Segunda República hizo todo lo contrario: el territorio entendido como espacio paisajístico, como coordenada esencial de la vida social, como objeto no sólo intelectual sino sobre todo sensorial, es uno de los principales protagonistas del intento de superación de la enajenación que sufría el país de sí mismo, que sigue sufriendo de sí mismo. Es verdad, algunos lo llenaron de metafísica rancia proclive al fascismo, al monarquismo y a la cultura de la renta. Pero toda la generación del 98 como la de la República fue una generación de caminantes y viajeros que se recorren el territorio palmo a palmo. El objetivo no era sacarle un provecho instrumental al territorio, como el que persiguen los nuevos empresarios que hoy rebañan los rincones de la geografía en busca de huecos para sus insaciables operaciones inmobiliarias. El objetivo era descubrirlo y abrirlo al conocimiento, pues se trataba de espacios encapsulados por el olvido, tenidos por muertos e inservibles, páramos productores de beneficios para rentistas. De repente se convirtieron en espacios plagados de recursos, recursos que había que hacer visibles porque encerraban la sabia viva del país. 

El  movimiento regeneracionista y republicano era reparador, preservador. Se trataba de hacer una aportación activa a su desarrollo, bien en forma de desarrollo cultural de las masas campesinas, como queda patente en aquellas misiones pedagógicas y en el deambular tranqueante de “la Barraca”, bien para estudiarlos sistemáticamente como las salidas de los miembros del Centro de Estudios Históricos en busca de romances populares, de formas de vida ancestrales, de aperos prerromanos y hablas desconocidas. Pero también para crear condiciones dignas de vida como pretendía el movimiento higienista que se tomó en serio nuestro Guadarrama y muchas otras cordilleras, una más hermosa que la otra rodeada hoy por anillos desmadrados de cemento y arizónicas. Leyéndolos, uno tiene la sensación de que la coexistencia entre el rojo y el verde no sólo es posible sino necesaria, pues el campo sin trabajo y sin cultura no existe, se convierte en un mero soporte instrumental de la cultura de la renta. 

Es verdad que la motivación principal de este andarse las comarcas, los campos, los pueblos y los barrios fue en muchos casos de contenido estético y puramente cultural, que muchas veces toda esa especulación sobre el paisaje contribuyó a crear nuevos mitos tanto en Castilla como al norte del Ebro. Sin embargo, hay una idea que salva toda esa tradición para las generaciones presentes y futuras: la idea de que es posible encontrar un equilibro entre naturaleza y civilización. Por eso no se trataba de una simple búsqueda de santuarios naturales, de un negacionismo simple de la civilización. Incluía la reivindicación de lo sublime contenido en la sencillez de las creaciones populares, de las casas, de los cobertizos, de los adobes y de los puentes, de esa adaptación al medio natural de lo humano encerrado en un medio hostil como es el de una economía natural de valores de uso abandonada a su suerte durante siglos, poblada por mayorías incultas, embrutecidas por un trabajo que no deja tiempo para disfrutar de formas más elevadas de existencia, un trabajo sin apoyos, huérfano, subordinado a los imperativos de la renta, incapaz de tomar conciencia de sí mismo. 

Este descubrimiento de los tiempos en los que viven y mueren las personas en (comu)nión con el medio natural es el que cristaliza en la idea del paisaje y de todo lo que va unido a él. Es algo comparable a lo que hoy se llama la "explotación sostenible de la naturaleza". Cristaliza en el deseo de preservar y de inventariar aquella diversidad de recursos etnográficos, lingüísticos, geológicos y botánicos que encierra un territorio peninsular cuyas civilizaciones se remontan a miles de años, con valles y relieves que han producido uno de los índices más altos de endemismos culturales y naturales del mundo. El 98 y, antes que él, el regeneracionismo, plantaron semillas algunas de las cuales luego brotaron formando arbustos metafísicos y espiritualistas fácilmente asimilables por la línea Ortega-Marañón. Pero incluso algunos autores de este grupo se sintieron atraídos por las gentes sencillas pues es en ellas donde veían condensada la esencia de la vida. Y de esta forma rozaron el punto de inflexión.

El punto de inflexión era y es retomar la senda marcada por Antonio Machado, la reivindicación de una actividad humana de base histórica, la denuncia de la explotación de unos hombres por otros, del embrutecimiento cultural que esta acarreaba, la impugnación del cáncer de la renta que se oculta bajo la apariencia del dinero fácil, la reinvindicación de los valores debajo de los precios. En Machado esta idea está muy clara. Pero también queda apuntada en la teoría unamuniana de la intrahistoria que roza dicho punto de inflexión. El deseo de Unamuno de estudiar el "pueblo en vivo", el "hombre de carne y hueso" su esfuerzo por destapar la “España real”, la “intrahistoria” oculta bajo las costras del convencionalismo y el culturalismo de sueños imperiales, conduce a ese punto. Sintomática también la visión de María Zambrano una generación después, su crítica de la propuesta de los intelectuales liberales para superar el apolillamiento nacional y los fantasmas de la historia, su crítica del intelectualismo y del progreso abstracto enfrentado a la plasticidad de la cultura popular, del ser frente a la existencia "...este español (cito) que se queda en el desierto no es el pueblo, sino el intelectual y el burgués liberal, si lo ha habido. El pueblo no puede quedarse nunca en el desierto porque él lo puebla: con su presencia, con sus voces, con las figuras que su imaginación conserva de días más afortunados. El pueblo, en su perenne infancia, vive de imágenes"[1]. Creo que el existencialismo del período de entreguerras y después ya está contenido en el proyecto regenerador de la segunda experiencia repúblicana española. Fue una inflexión universal que provocó un cambio definitivo en muchos como Pablo Neruda que empezó a ver mercados, manzanas, eras y manos laborantes ahí donde antes sólo veían crepúsculos, caballos y sueños. Ya lo hemos dicho: la importancia que tuvo la poesía en la reivindicación de la imagen, de lo plástico, de los elementos visibles y externos de las identidades compartidas no es casual. Explica el papel que tuvieron los poetas en la conformación de la nueva identidad republicana de base popular. Es un canto a la existencia frente al ser contenido en el paquete monárquico que también estaba incluido en el paquete de los intelectuales de la línea Ortega-Marañón.

Esta forma de entender y de mimar el territorio es incompatible con el discurso sin tiempo y sin espacio de la tecnocracia del Opus Dei que fue la que modernizó el país. También es incompatible con el europeismo abstracto de los que se apropiaron de Europa desde Maastricht, de la generación política que construyó el Estado del bienestar financiarizado y acabó en los brazos de la renta financiera y inmobiliaria. La visión neoliberal del mundo reduce el territorio a plataformas instrumentales para una economía cada vez más agresiva y desconectada puesta al servicio de la acumulación de capital, de la financiarización. La cultura de la renta reduce el territorio a un espacio neutro aún sin dueño susceptible de ser apropiado para convertirlo en parcela, en algo privado y excluyente. El espacio del que nadie de apropia sirve como contenedor de todas los desechos que se ahorran las empresas y las familias (ruido, sustancias químicas, carreteras, aguas infectadas), receptor muerto de las sudoraciones de un capitalismo cada vez más feo. La propuesta de la economía de la renta es la destrucción, destrucción también destinada a financiar las necesidades de las personas (escuelas, hospitales, transportes) pues tras el desplome de la sociedad del trabajo en los años ochenta no hay nada que la pueda sustituir. Esa destrucción de tierras, de casas, de ambientes, de culturas y de tramas urbanas sólo es posible por son tenidas por vacías, sin historia, por neutras e instrascendentes, por meros valores de cambio. La economía de la corrupción y de los caciques locales que tanto odiaban los regeneracionistas sólo es posible a partir de esa neutralización crematística de los valores de uso. Sólo gracias a ella es posible convertir la destrucción en orgía apocalíptica y quien crea que exagero que repase lo que está pasando en el El Cabañal estos mismos días. Por cierto, que el edificio emblemático del republicanísimo Centro de Estudios Históricos ubicando en la madrileña calle de Medinaceli, cerca de la Biblioteca Nacional, de la Academia de la Historia y de la Academia de la Lengua, acaba de ser cedido a la Fundación Carolina, una fundación privada financiada por las multinacionales españolas, el núcleo de su  penetración en América Latina.

Las élites monárquicas de la democracia abrazaron la causa de la destrucción continuando con la labor de las élites franquistas y tardofranquistas. El horizonte de la Tercera República es el horizonte de la preservación, de la defensa de lo común y de la solidaridad entre desiguales. Pero no se podrá alcanzar sólo con cultura roja, gualda y violeta sino sustituyendo la sociedad de rentas por otra en la que el trabajo vuela ocupar el centro neurálgico de la sociedad. La preservación y la potenciación de las capacidades subjetivas, de la salud humana y de su regeneración semanal es esencial para que las mayorías aporten creativamente al mantenimiento de lo de todos: el patrimonio natural compartido, el sistema político compartido, el reparto de las cargas entre hombres y mujeres. Sólo así las mayorías podrán desarrollar una visión de conjunto de las cosas, una cultura de toda la casa. La tradición regeneracionista-republicana es una tradición reparadora, descubridora, rescatadora de clases sociales, de lenguas, de paisajes, de arquitecturas, de tradiciones y de territorios. Pero sobre todo es rescatadora de la dignidad humana, del trabajo y de sus infinitas manifestaciones. “España es una República de Trabajadores de toda clase, que se organiza en régimen de Libertad y de Justicia ” (Art. 1 de la Constitución de 1931), es una república de seres organizados y autodeterminados, de creadores libres, de mujeres incorporadas a la construcción de un orden compartido, de sujetos activos y no de receptáculos pasivos de las migajas desprendidas de la sociedad de rentas. El republicanismo hispano fue y debe volver a ser la semilla de un modo de organización social en el que el libre y legítimo desarrollo de cada uno no necesita de la destrucción de conjunto sino de su preservación, de su regeneración y de su fomento. 

Más información: A. Fernández Steinko: Izquierda y republicanismo. Madrid, Akal 2010

[1] María Zambrano:”El Español y su tradición”, en: J. García (edit.): El ensayo español. Los contemporáneos. Crítica, Barcelona 1996, pp.73s

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