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lunes, 30 de enero de 2012

La cuestión alemana (tercera y última parte)

¿Qué hacemos con Alemania? Por de pronto intentar pensar en términos de clase también cuando hablamos de este y de cualquier otro país, de Europa en general. Son grandes espacios fuertemente divididos, con ganadores y perdedores, actores activos y actores pasivos. Además hay una discusión pendiente : ¿qué propone la izquierda alternativa en relación con el euro y con el futuro de la Unión Europea? Explorar los escenarios alemanes es empezar a explorar los  escenarios que pueden ir abriéndose -para bien y para mal-  en relación con el proyecto europeo. No nos deberían coger por sorpresa.

En primer lugar: la población alemana ha salido seriamente perjudicada por las políticas de dumping laboral y fiscal practicadas por los  gobiernos de centro-izquierda y centro-derecha  desde mediados de los años 1990. Es verdad que se ha beneficiado de una contención en el aumento del desempleo pero lo ha hecho a costa de generar más empleo en el sur. Es simplemente insostenible seguir así sea cual sea el voluntarismo de Merkel &  comp. Si la recesión pega fuerte también en Alemania es posible que este voluntarismo pierda apoyos y se produzca un viraje en las políticas europeas. No de forma automática y en ningún caso será fácil: el enemigo es realmente poderoso. Pero habrá posibilidades de cambio. Hay que tener pensada una estrategia solidaria para ese momento que podría abrir nuevas oportunidades, también para un tipo de desarrollo completamente distinto al que han seguido los países del euro hasta la fecha: más centrado en sus propios mercados internos, basado en una desglobalización parcial, en políticas económicas comunes y menos dependientes de la expansión exterior y la rapiña etc. Esto no es necesariamente incompatible con la Unión Europa, pero sí es incompatible con ESTA Unión Europea, un proyecto pensado y dirigido precisamente por Alemania para hacer imposible un desarrollo multilateral y solidario.

En segundo lugar: la expansión externa alemana fuera de la UE tiene sus límites. El porcentaje de las exportaciones alemanas a otros países de la UE ha disminuido pero sigue rozando el 60% (más de un 20% va a los Estados Unidos). Los que apuestan por la primera variante (ver La cuestión alemana. Primera parte) pretenden ampliar las exportaciones destinadas a los países emergentes a costa de la europeas pero este paso es arriesgado en lo económico, lo financiero y lo político. A ningún demócrata europeo le interesa esta salida, que Alemania rompa con el resto de Europa. Hay en este país un sustrato sociopolítico profundo,  muy reforzado tras la llamada reunificación, que podría deslizarse de nuevo hacia un chauvinismo difícil de parar: el siglo XX llama a la puerta. Para Francia esta es una cuestión de Estado. Hay que hacer una alianza con Francia y con los países mediterráneos para forzar a Alemania por ese camino. Pero  no sería un acto de fuerza dirigido contra "Alemania" sino contra su lobby exportador aliado con las finanzas europeas. Si conseguimos esto tendremos mejores posibilidad para reducir, también en España, el sector hipertrofiado de las finanzas, arrinconar a Botín que ha engordado precisamente gracias a esta Europa, arrinconar a la renta financiera, bastión principal de la derecha nacional.
  
En tercer lugar: esto quiere decir que la construcción de una Europa solidaria no es  un objetivo que haya que tirar -todavía- por la borda. Eso no quita para ir preparando una  buena hoja de ruta por si el proyecto del euro se acabara rompiendo o si no quedara más remedio que abandonarlo, es decir, para el caso de que Merkel siguiera jugando con fuego. Pero conviene tener pensada una estrategia alternativa a esta. Si se impone la tercera salida en Alemania, o al menos una cosa intermedia entre la segunda y la tercera, este país podría contribuir con su potencial financiero y tecnológico a construir una nueva Europa solidaria en la que tendría un importante papel civilizatorio que desempeñar.  Para eso hay que conseguir que en Alemania se imponga la expansión económica interna por la vía de las subidas salariales, de la mejora de las condiciones de trabajo y de la armonización fiscal y laboral con el resto de los países de la zona euro. Sería el principio de una política económica común, lo que los halcones alemanes consiguieron impedir con la creación del euro primero, y con el boicot a las iniciativas de Oskar Lafontaine después. Una política económica común le daría un respiro laboral, financiero, tecnológico y ambiental al resto de Europa, fundiría el rojo con el verde. Es lo que más temen tanto las grandes finanzas privadas como el lobby exportador alemán que, en parte, apuesta por lo verde siempre y cuando no coquetee con el rojo. Este es el programa de los Verdes Alemanes, por ejemplo -o al menos del sector que manda en este momento-: seguir exportando sólo que en vez de tantos coches también placas solares. La emisión de eurobonos como parte de una política económica común sería   imprescindible. Sería una herramienta importante para poner en marcha una  reconversión social y ambiental basada en inversiones productivas que generen empleo de calidad en el conjunto de la Unión Europea y que al mismo tiempo permitan reconvertir de abajo a arriba el modelo energético, de transportes y el espacio urbano. Para eso hace falta mucho dinero, hace falta endeudarse. No parece fácil hacerlo en solitario en un país como España. donde la renta -financiera e inmobiliaria- organizada políticamente es tan fuerte, y menos aún hacerlo tal y como está hoy el sistema financiero internacional. Mejor unirse para conseguirlo. Alemania tendría que cofinanciar el diferencial de tipos en un escenario así con un aumento del coste de su propia financiación. No es poca cosa por muy tecnocrática que suene la medida de los eurobonos y por mucho que algunos la intenten reducir a eso. A ella se opone radicalmente el búnker exportador alemán y sus amigos los bancos privados que van a luchara muerte por perder el peso que tienen ahora en la economía europea.

Los tiempos siguen revueltos, el sistema financiero europeo -incluido el alemán- está tocado, las cosas podrían cambiar de la noche a la mañana: hay que estar preparados. El argumento de que Alemania le tiene "horror a la inflación" debido al recuerdo de los acontecimientos de 1923 es una milonga (conozco a economistas profesionales que se la siguen tragando: increíble su ingenuidad). Más razonable sería que los alemanes le tuvieran horror a las medidas del gobierno Brüning de 1930 que le abrieron la puerta al fascismo. Son las mismas que las de Merkel en 2011: equilibro presupuestario por encima de todo en un escenario de aumento galopante del desempleo, de deflación y de congelación salarial combinada con medidas cada vez más antidemocráticas. No, no estamos perdiendo el tiempo con historias del pasado. El escenario japonés (veinticinco años de estancamiento) no es imposible que se instale en Europa. Hoy los estados occidentales vuelven a ser los mismos cines que antes de la Segunda Guerra Mundial: todas las butacas las vuelve a ocupar el poder económico-financiero y sus amigos. Eso los vuelve a convertir en torpedos andidemocráticos como antes de la Guerra. El 15-M tiene razón: simplemente están "entre ellos" por muchas elecciones que organicen o por mucho que Botín le eche ahora la culpa a los políticos que él mismo apoyó en su día. El presente hermana a Brüning y Merkel más allá de las apariencias y del sexo. En los tiempos de Brüning hubo muchos liberales vinculados a las finanzas que se pasaron al fascismo (por ejemplo el Presidente del Banco Central del Reich Hjalmar Schacht). Hoy no es necesario militar en la ultraderecha para hacer cosas parecidas aunque con otros nombres. El neoliberalismo autoritario no es un escenario del mañana y la ultraderecha moderna no es incompatible con el apoyo decidido a las atrocidades israelíes cometidas contra los palestinos.  Todo lo contrario.

Por tanto: Alemania sigue siendo una cuestión de toda Europa como desde 1871. Las izquierdas alternativas europeas, incluida  la alemana, tienen que sincronizarse alrededor de la tercera opción. Hay que ganar a los sindicatos europeos para esta empresa  que en la mayoría de los países apuestan aún por estrategias neocompetitivas a corto plazo por mucho que estas se maquillen en los encuentros internacionales. Hay que adoptar una posición activa, ser sujeto antes que objeto de las circunstancias. Bajo la presión del desempleo y de una persistente situación estacionaria, las políticas deflacionistas de la derecha europea o bien terminarán arrojadas por la borda por las mayorías o serán la antesala de un suicidio económico -así varios economistas en Davos como Roubini-. El suicidio económico suele conducir al suicidio político.

La  pregunta que enlaza con todo esto es: ¿cómo es posible que Rajoy apoye este suicidio, qué saca el presidente de un país con más de cinco millones de parados con hacer de Brüning/Merkel español, convertir todo  en un problema de empeño, de testículos y  de mera voluntad  a lo Gil Robles en los años treinta? Esto nos remite a la derecha hispana.
  

1 comentario:

Anónimo dijo...

Alemania, siempre Alemania.Toda la Historia europea ha sido una lucha entre gremanófilos y germanófobos.