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viernes, 22 de diciembre de 2017

21-D en Cataluña: cuatro conclusiones

El resultado de las elecciones catalanas ha vuelto a demostrar que la agenda nacional y la agenda social no son paralelas sino que se cruzan en perpendicular. Cuando aquella se plantea en regiones privilegiadas como Cataluña conduce a una emocionalización extrema, al bloqueo de los argumentos racionales, a la polarización en función de los míos y de los otros y al olvido de los de abajo. Todas las opciones progresistas han sido desgastadas del 21-D por la dinámica nacional provocando una concentración del voto en las opciones que mejor han sabido representar a “los nuestros” frente a los “otros”. Es la primera conclusión de las elecciones, algo sobre lo que llevamos advirtiendo desde hace  años: el juego nacional deglute la agenda social en poco tiempo y, una vez en marcha, es muy difícil parar su dinámica trituradora. Europa lo sabe muy bien. 


La segunda conclusión se deriva de la primera: la falta de agenda cultural e identitaria de contenido solidario-heterodoxo y el intento de llenar ese Gran Hueco coqueteando con identidades excluyentes, divide a las izquierdas. Sucedió con el PSC, con Iniciativa per Cataluña, con Esquerra Unida, ahora ha vuelto a suceder con En Comù Podem y es posible que bloquee la dinámica regeneradora que se inició con el 15-M en toda España. La izquierda estatal ha pospuesto sus deberes en temas territoriales e identitarios desde los años 1980 y la crisis catalana es en parte el resultado de unos deberes sin hacer. La fraseología del “derecho a la autodeterminación” -ahora “derecho a decidir”- son excusas para no hacer nada, un cómodo sofá para contemplar el problema desde la barrera del intransitivo esquivando la cuestión central: decidir pero ¿qué? ¿cuál es la opción que una opción de izquierdas quiere que la gente decida? El Gran Hueco y el cómodo sofá del “derecho a decidir” arroja a la izquierda a los brazos de los nacionalistas, a la trituradora agenda insolidaria y clase media. Hay una fuerte dosis de complejo de inferioridad en todo esto, el que siente el huérfano frente al hijo de padres ricos que, gracias al hecho de tener lengua propia, ha sabido diferenciarse del (post)franquismo. El huerfanito padece de síndrome de estocolmo y se le cae la baba frente al supremacismo de estos ambientes que llaman de “izquierdas” por el mero hecho de hablar catalán, ese idioma que a nuestro huérfano nadie le enseñó en el colegio. 

La tercera conclusión tiene que ver con el estado. El astuto truco que Ada Colau le vendió a Pablo Iglesias es que se puede democratizar el estado destruyéndolo. Esta idea tiene su origen en el clima político del siglo XIX pero es un fatal  anacronismo, un error estratégico en la era neoliberal. Facilita las alianzas con los indepes, permite banalizar sus intenciones, hacer una lectura “progresista” de ellas y, de paso, jugar a asaltar el Palacio de Invierno. Pero la realidad es que liquida toda posibilidad de generar mayorías sociales en torno a un programa territorialmente solidario que permita pagar colegios dignos para los niños de Fuerteventura y Guadix. Seguir el juego indepe-confederal de romper un estado pasa por ignorar realidades esenciales para la vida de muchas personas, la viva mixtura social e identitaria de la sociedad española, las biografías personales y familiares de millones de individuos, la mayoría de ellos procedentes de familias obligadas emigrar para huir del subdesarrollo. Reducir todo esto a un agresivo artificio reaccionario llamado “estado español” permite anteponerlo discursivamente a la naturalidad del “pueblo” catalán, vasco y de algún que otro más. Pero para ello tiene que convertir a todos los que viven al sur del Ebro en seres insustanciales que acaban de subirse al autobús de la historia. Ada Colau le vendió la moto a Pablo Iglesias y este se la compró. Ambos se equivocaron porque se han ido a comer ideas antes que pan y lentejas, y la izquierda federal se ha quedado sin proyecto. 

La cuarta conclusión: hay que construir la izquierda federal.  
  


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